¿En qué me baso?
Fundamentalmente en la teoría del Apego con una comprensión desde la psicología relacional. Es decir, parto de la importancia del vínculo que se desarrolla en el espacio de la terapia. A través de él, se pueden introducir cambios, incluso aplicar algunas aportaciones desde otras perspectivas que faciliten salir del atolladero en el que se encuentra quien sufre psicológicamente. Y, fundamentalmente, poder tener la vivencia de que el vínculo que se desarrolla en el ámbito de la psicoterapia, es reparador en sí mismo.
La teoría de la que hablo en realidad se desarrolla a través de los lazos, los vínculos afectivos y emocionales que se establecen con quienes nos rodean. En este caso, conmigo y en el marco o contexto del espacio psicoterapéutico. En ese vínculo, en la relación que se va cocinando en el espacio de la consulta, vamos aproximándonos a los momentos de la historia personal en los que hubo daño. Esa o esas heridas no tienen por qué tener un dramatismo especial: las más de las veces son más un sumatorio de desencuentros que de hechos puntualmente traumáticos. Pequeñas vivencias que, sumadas una a una, van haciendo que el desencanto en el valor de la relación, que la afectividad que rodea cualquier vínculo quede o dañada o, incluso, haya perdido su valor e importancia.
Cuando eso se da y ha quedado afianzado en uno, los lazos que habitualmente establece con quienes le rodean, tienen esos ingredientes de desconfianza, de falta de credibilidad, de recelo hacia el valor vincular. O éste sólo puede estar presente si el otro acepta un estilo relacional basado en el dominio y la sumisión. Lo que no siempre se consigue de forma pura porque esos estilos relacionales, pasan factura.
¿Qué eficacia tiene esa forma de trabajar?
Entiendo que tengamos prisa por salir de atolladero; aunque las prisas no son buenas consejeras.
De entrada, poder compartir con alguien que no juzga ya es un primer paso. Nadie puede juzgar ni señalar quien o quienes tuvieron la culpa de este malestar. En muchas ocasiones, ni eran conscientes de ello. No podemos buscar culpables sólo tratar de entender algo de todo aquel pasado que ha quedado sin poderlo digerir. Tampoco nadie puede decir: «eso lo hiciste mal». Tan solo uno mismo puede pensar si aquello fue un error o qué elementos lo convirtieron en una equivocación. Aunque haya errores que puedan convertirse en horrores.
Las experiencias que hemos ido cosechando todos desde pequeños, en el contexto familiar y en el entorno en el que nos desarrollamos, crearon una atmósfera que pudo facilitar que aquellas situaciones generaran en ti, más dolor del que nunca supusieron que podían ser dañinas quienes estaban contigo. Y no necesariamente han sido situaciones muy traumáticas; pero lo suficiente dolorosas como para que lo vivieras de una forma y no de otra. Podernos acercar a esos escenarios familiares, sociales, escolares… sin prisa nos permite poder comenzar a pensarlas y digerirlas de otra forma. Porque han quedado atrapadas sin poderlas integrar en uno.
¿Cómo nos acercamos?
Ahí viene lo más curioso. No es tanto que nos acerquemos a ellas, sino que de forma involuntaria y casi sin darnos cuenta esas dificultades se instalan sigilosamente en la relación que se establece en la consulta. Poco a poco. A eso se le llama «Transferencia» De forma totalmente silente e involuntaria, algo de eso se coloca en el espacio de nuestra relación. Y es ahí cuando lo capto y puedo irlo entendiendo, desactivándolo o modificándolo; o sustituyéndolo por una vivencia relacional sana en la que nadie se sienta atrapado por ella.. En muchas ocasiones, sin que te des cuenta. Y eso como consecuencia de la relación que hemos ido tejiendo, sesión tras sesión, y sin que uno haya querido expresamente que sea así. Una relación basada en la confianza y el respeto mutuo.
Pero esa relación, ¿en qué consiste?
Hay algo muy estudiado. Se le llama transferencia. De forma imperceptible se instala en el espacio de la relación que ha ido formándose sesión tras sesión, encuentro tras encuentro conmigo. Y eso precisa tiempo. No podemos trabajar como si tuviéramos un microondas psicológico. Es el resultado del «chup chup» de la cocina relacional conmigo, en este caso. Y en ese clima que precisa tiempo para que los lógicos recelos vayan pudiéndose superar, es cuando emergen casi involuntariamente, cambios.
Pero ¿cómo se instala?
De forma involuntaria. Todos acabamos instalando en nuestras relaciones, un estilo personal, unas formas de establecer la unión con el otro que provienen de aquellas que adquirimos desde pequeños con nuestros padres y con personas significativas.
Se le llama transferencia porque de manera totalmente involuntaria, nuestras formas relacionales las adquirimos de pequeños y, como las huellas dactilares, se instalan en la relación que establecemos con quienes nos rodean. Y en este caso, conmigo.
¿También te pasa a tí?
Pues sí. Claro. Sólo que a lo largo de mi formación he podido captar qué elementos la constituyen y, en la medida de mis capacidades, intento que esos aspectos influyan de manera que quien viene pueda sentirse con la libertad de ser tal cual es, de manifestarse tal cual lo hace en cualquier lugar en el que esa confianza aparece, sin que mis características le condicionen excesivamente.
¿Y es eficiente?
Lo es. Y eficaz. Porque cuando alguien tras un tiempo de relación va pudiendo salir del atolladero, ver la vida desde otro ángulo, aprender que quienes nos rodean no necesariamente quieren dañarnos, sino que, las más de las veces, no saben cómo ayudarnos para desarrollar otra relación más adecuada, entonces algo se modifica en nosotros. Vemos las cosas desde otra perspectiva. Y comenzamos a entenderles de otra forma. Y a aceptarlos en esas maneras que tienen de relacionarse o de reaccionar. Y ahí redescubrimos a quienes nos rodean desde hace tanto tiempo. Y, hasta también ellos nos redescubren. Y en ese proceso, las relaciones que teníamos con quienes nos rodeaban —y a quienes en el fondo queríamos y queremos — comienzan a modificarse de forma más natural y en consonancia con las necesidades de cada uno.
Ahí uno aprende aquello de «las prisas no son buenas consejeras». Los atajos terapéuticos no suelen resultar suficientemente buenos a largo plazo.
Intervencion Individual
Me refiero a que quien consulta es la persona que pide ayuda para una serie de problemas que tiene. El lugar en el que trabajo es en mi despacho. Quien busca mi ayuda, contacta conmigo y acude a dónde trabajo. Cierto que, en algunas, pocas, ocasiones, quien busca esa ayuda no es directamente quien la necesita, sino un allegado que, preocupado por cómo le ve, decide ponerse en contacto conmigo; pero eso se da en casos muy particulares.
Una vez en mi despacho, aclaramos el motivo por el que me visita. Es decir, qué me pide o en qué cree que puedo ayudarle. Y si creo que puedo ayudarle en algo, entonces nos ponemos manos a la obra.
¿Qué significa eso? De entrada, que iniciamos una conversación para ir aclarando qué sucede, por qué cree que le sucede esto, qué pasa en su entorno personal, familiar… Lo que busco —y suelo encontrar— es iniciar una relación en la que ambos nos sintamos cómodos, que pueda irse tejiendo una comunicación en la que vayamos entendiéndonos lo mejor posible.
Es lo que sucede en la mayoría de los contextos en los que los psicólogos como yo, consideramos que la relación es el jarabe fundamental para curar heridas del pasado. No existen fórmulas mágicas. Sólo el vínculo de fiabilidad, seguridad y confianza mutua es el que posibilita el redesarrollo, el afianzamiento de la capacidad de creer en uno mismo y en quienes nos rodean. Ello requiere confianza; y ésta no se regala, se establece poco a poco entre quienes estamos en esta relación.
